Quisiera quedarme a escuchar tus reproches, pero no lo haré.
Es cierto, algo empieza a pudrirse aquí adentro, el dolor se regará en poco tiempo por los rincones menos iluminados, y sin duda bañará aquellas viejas heridas de las que no me gusta hablar.
Hoy mi piel no quiere dejar escapar los trozos de su aroma ni la textura de su cabello negro, tampoco mis manos quieren dejar ir las suyas, porque dicen que hay algo en ellas que las llena de calor.
Tú insistes en que él tiene prioridades que me quedan muy lejos, y tienes toda la razón del mundo. Jamás seré una musa, mucho menos tinta para sus dedos, o un sueño suyo, o la esperanza que necesita para calmar sus tristezas. Pero hoy decido quedarme en este lugar, porque quiero verlo sonreír.
Sé que algún día tendré que comenzar con la reconstrucción de mi palacio, que será difícil edificar nuevamente altos muros y paredes de hielo tan gruesas que soporten cualquier remedo de sentir. También estoy enterada de que debo inventar una máscara que sea inmune a sus ojos hechizo, y que necesitaré encadenar mis manos para que nunca más vuelvan a buscarlo. Lo sé. Pero hoy decido quedarme en este lugar, porque además de verlo sonreír, me gustaría pensar que yo soy la causa de esa sonrisa, y así sonreír un poco yo también, porque es con lo que quiero soñar mientras aún pueda hacerlo.
Y aunque tú dices que soñar destruye, lo que queda de mí quiere continuar durmiendo a su lado.
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